Driven by Code

La forma cambia, el propósito se afina.

Sobre la fragilidad y la terquedad de vivir

El 2025 fue un año realmente difícil para mí. De manera física y mental tuve que aprender a funcionar bajo estrés. Un funcionar fisiológico que puso a prueba muchos cosas que jamás imaginé que iba a vivir: atravesar una operación de vejiga, después una infección intestinal que terminó en un fallo multiorgánico por una bacteria, y más tarde quemaduras de segundo grado en las piernas. Y hago el recuento. Por cada una de esas etapas estuve hospitalizado casi dos meses, lo que significa que pasé literalmente la mitad del año dentro de un hospital.

Y haciendo uso de lo tópico, nada de eso estaba en mis planes. Tenía objetivos demasiado claros para el año pasado: mejorar en programación, aumentar mi rendimiento deportivo, avanzar en mis proyectos de aumento de masa muscular con electroestimulación, aprender y estudiar acerca de la lesión medular, seguir probando y prendiendo con la robótica. Ya estaba trabajando en eso. Pero cada intervención y cada complicación era como un freno de mano que me volvía a dejar en cero. Y con eso vino otro enemigo silencioso: el estrés y la ansiedad que se sienten cuando estás atrapado entre cuatro paredes, escuchando monitores, viendo pasar los días y recordando que no puedes caminar.

Pero hoy, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de algo que no se aprende leyendo libros ni escuchando discursos motivacionales: somos seres imperfectos, frágiles, contradictorios… pero también somos tercos en el mejor sentido. Luchamos. Sufrimos. Sobrevivimos. Nos apoyamos en otros cuando tropezamos y levantamos a otros cuando son ellos los que caen.

La vida no te pregunta si estás listo. Te pone a prueba y ya. Y uno no siempre responde con valentía: a veces respondemos con rabia, con miedo, con dudas, con agotamiento. Pero seguimos. Si vemos que el horizonte se aleja, avanzamos igual. Si la vida se pone cuesta arriba, nos ajustamos, respiramos y seguimos empujando. Porque ahí —en esa fricción— es donde se encuentran las respuestas que estábamos buscando. Y también a veces, sin darnos cuenta, se van personas que no necesitamos y que no estaban diseñadas para acompañarnos en este tipo de batallas. Y aunque al principio esa ausencia pesa, con el tiempo entendemos que no todo el mundo está hecho para sostener, acompañar o construir. Pero también el azar es misterioso porque al mismo tiempo llegan otras personas —mi familia, mi novia, amigos— que no solo están presentes en lo emocional, sino que figuradamente te levantan del suelo, te dan la mano, te cambian de posición, te ayudan a sortear cunetas que solo no podría hacerlo o a trasladarte en la arena, y lo hacen casi todos los días. Y ahí uno entiende quién realmente suma: aquellos que están cuando la vida se vuelve incómoda, lenta y difícil.

Y por otra parte también está el cariño de quienes no esperabas: la familia de mi novia, personas que conocí por redes sociales, viejos conocidos que reaparecieron. Lo curioso es que mi primera reacción, durante gran parte de mi lesión y todo el proceso, fue cortar a todo el mundo, levantar murallas, no dejar entrar a nadie, rechazar a todos como un animal enjaulado… ¡pero qué equivocado estaba! Hoy entiendo que mi mayor atributo quizás no sea la fuerza ni la disciplina, sino la capacidad de reconocer el cariño auténtico cuando aparece. Y ese cariño puede ser tan simple y tan grande a la vez como el gesto de alguien que apenas te conoce o te está recién conociendo, y te hace un pie de limón solo porque alguien le comentó que te gustaba. Ese tipo de detalles sostiene y te eenseña más de lo que creía.

Hoy no estoy donde quiero estar todavía, pero estoy avanzando hacia mi propósito. Y eso es lo que importa. Quería llegar primero, porque constantemente lucho y compito conmigo mismo. Pero sí, lo diré. No se trata de llegar primero ni de que el camino sea limpio. Se trata de resistir, de continuar, de entender que cada caída, cada retraso, cada hospitalización y cada pared fue parte de mi construcción.

Mientras tanto, voy leyendo "El Idiota" de Dostoievski (que de manera precisa y milimétrica llegó a mis manos por mi novia, auténtica en su forma de ser y ver la vida), y la verdad es que cada página me recuerda algo muy simple: la existencia humana es limitada y absurda, pero incluso así, vale la pena ser vivida con intención.

Y si hoy te toca volver a empezar, hacerlo lento o hacerlo con miedo, hazlo igual. Porque la vida no espera. Y tú tampoco deberías hacerlo.

← Volver