Reflexiones - La lesión medular y la pérdida
¿Vale la pena intentar obviar lo que prácticamente hace que te sientas parte de algo? más bien ¿Se puede prescindir (o “aceptar”, como dirían los neo-gurús del estoicismo) de las sensaciones que te hacen sentir vivo? Quiero poner el siguiente ejemplo: la arena. Durante toda mi vida apreciaba y en ocasiones hasta me extasiaba caminar por la playa. Sacarme las zapatillas, sentir el cosquilleo de la arena, ver cómo se metía entre los dedos de mis pies. Era sentir el paisaje y, abusando de la retórica, me llegaba a concebir parte del paisaje. Esa enajenación merecía un segundo de atención.
¡Y pam! Un choque y dejé de sentir la arena en mis pies de un momento a otro.
No, hoy no quiero caer en la típica cuestión de que “la lesión medular me hizo más fuerte”. Después de un accidente de esa magnitud uno empieza a descubrir que la palabra “normal” es bastante extraña. Lo que antes era automático ahora simplemente dejó de serlo. Hay cosas que antes hacía sin siquiera pensar y que ahora tengo que aprender de otra manera. Si tengo que hacer algo de una forma distinta, lo hago distinto. Si tengo que improvisar, improviso. Si tengo que orinar escondido detrás de un arbusto... bueno, tampoco es que vaya a escribir una tragedia griega al respecto. Se busca una solución, se resuelve y se avanza nuevamente.
Pero hay una diferencia entre adaptarse a algo y dejar de sentir su pérdida.
Puedo aprender a vivir perfectamente sin sentir las piernas y, al mismo tiempo, echar de menos sentirlas. Una cosa no elimina la otra. Y creo que ahí aparece una parte del miedo de la que pocas veces se habla: el miedo no solamente a lo que por obviedad perdiste, sino a las consecuencias de esa pérdida. A enfermarte, a lesionarte, a que aparezca una complicación, a que algo que hoy funciona mañana deje de hacerlo. Después de una lesión medular uno aprende bastante rápido que el cuerpo puede cambiar tu vida en cuestión de segundos bajo cualquier pretexto. Y cuando ya aprendiste eso una vez, cuesta volver a confiar en él. La lesión medular no me hizo más fuerte, me convirtió en una persona menos ingenua que antes.
Durante mucho tiempo pensé que el miedo era algo que había que eliminar. Como si el miedo fuera una falla del sistema que había que corregir. Con el tiempo he empezado a pensar lo contrario. El miedo puede ser un profesor bastante hijo de puta, pero profesor al fin y al cabo. Te obliga a prepararte. A conocer tu cuerpo. A anticiparte. A aprender cosas que probablemente nunca habrías querido aprender. A veces incluso te obliga a tomarte en serio cosas que antes dabas por sentadas. Sentadas, ¿Se entendió el chiste?.
Y quizás ahí Nietzsche empieza a resultarme interesante, aunque también me incomode aceptarlo. Recalco, esa idea de que aquello que nos golpea puede transformarnos tiene algo de verdad en sí mismo, pero también una trampa. Es muy fácil mirar hacia atrás y construir una historia bonita alrededor del sufrimiento: “me pasó esto y gracias a eso me convertí en quien soy”. Suena bien. Casi demasiado bien. Pero yo no creo que mi lesión haya sido necesaria para convertirme en quien soy. No necesitaba dejar de sentir las piernas para aprender determinadas cosas. Y, sobre todo, no creo que exista una especie de plan cósmico en el que alguien decidió que esta era la forma adecuada de enseñarme una lección. Eso sería bastante cómodo. Si todo ocurre por algo, entonces hasta la tragedia viene con manual de instrucciones.
Pero el perro de Dostoyevski, a quien estoy leyendo con tanto fervor últimamente, me resulta bastante más incómodo. Sus personajes no sufren ordenadamente. Se contradicen. Se obsesionan. Se hunden. Se levantan. Vuelven a hundirse. A veces entienden perfectamente lo que deberían hacer y, acto seguido, hacen exactamente lo contrario. Y quizás por eso me resulta tan fácil encontrar algo de humanidad ahí. Porque uno no se convierte mágicamente en una persona iluminada después de una lesión. Sigues teniendo miedo, rabia, ego, frustración, humor y días en que simplemente quieres mandar todo a la mierda. Y al día siguiente probablemente vuelves a entrenar como si nada.
Creo que una de las cosas más difíciles ha sido aceptar que puedo valorar profundamente lo que he aprendido sin tener que agradecer por lo que me ocurrió. Son cosas completamente distintas. He aprendido a prepararme mejor, a conocer mi cuerpo, a entender mis límites y a prestar atención a cosas que antes ni siquiera veía. También aprendí que no todo depende de mí, por mucho que nos guste esa idea tan reconfortante de que, si nos esforzamos lo suficiente, podemos controlar nuestra vida.
No, no podemos.
Y quizás descubrirlo sea una de las cosas más incómodas de una lesión medular. Puedes entrenar, alimentarte bien, cuidarte, prepararte, hacer todo lo que está en tus manos y aun así existe una parte de la vida que seguirá siendo completamente impredecible. Eso da miedo. Pero también el toque liberador. Porque llega un momento en que entiendes que prepararte no significa controlar el futuro. Significa estar en la mejor posición posible para cuando el futuro decida hacer lo que le dé la gana.
Y todavía hay cosas que extraño.
No creo que tenga sentido fingir lo contrario. Hay días en que pienso en caminar por la playa, sacarme las zapatillas y sentir nuevamente la arena entre los dedos. No necesito convertir ese deseo en una tragedia ni tampoco convencerme de que ya no me importa. Me importa. La extraño.
Pero extrañar algo tampoco significa estar detenido en el pasado, ¡Y vaya que me costó entenderlo!
Durante mucho tiempo pensé que superar algo significaba dejar de sentir tristeza por ello. Ahora me convenzo de que quizás significa otra cosa: poder mirar aquello que perdiste sin permitir que esa pérdida decida qué vas a hacer con lo que todavía tienes.
La lesión me quitó cosas. Algunas demasiado importantes. Pero también me obligó a aprender otras. Y ahí aparece una contradicción que todavía me cuesta explicar: puedo odiar profundamente algunas consecuencias de lo que ocurrió y, al mismo tiempo, reconocer que la persona que soy hoy aprendió cosas que el Diego de antes probablemente jamás habría entendido.
La dulce ironía en la amarga verdad, o como dijo Jacinto Benavente "La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe".
No sé si eso es fortaleza. Tampoco sé si es resiliencia, adaptación o simplemente la capacidad bastante humana de seguir haciendo cosas después de que la vida te cambia las reglas sin preguntarte si estabas de acuerdo.
Quizás ni siquiera necesito saberlo.
Lo que sí sé es que todavía tengo temor y añoranza, como la arena bajo mis pies. Todavía hay cosas que me gustaría recuperar. Y aun así sigo entrenando, sigo aprendiendo, sigo preparándome y sigo buscando nuevas maneras de hacer cosas que antes parecían imposibles. Esperar a dejar de tener miedo para hacer algo es una manera bastante eficiente de no hacer nada.
Neo-gurús del estoicismo, no volveré a sentir la arena con mis pies, lo que sí sé es que no pienso pasarme la vida esperando a sentirla para seguir avanzando. ¿Aceptar? ¡Claro que no! Superar.