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¿Qué cresta es ser chileno?
Con tantos cambios políticos, culturales y sociales que hemos tenido en el último tiempo, hay algo que en mi cabeza empezó a dar cada vez más vueltas. Y es algo que, en mi entorno al menos, no es tema de conversación. No se pone sobre la mesa al tomar once, al lado de la palta y las marraquetas. Quizás porque ya está implícito en nosotros, o simplemente porque no lo queremos reconocer.
Chile ya no se siente igual.
Y no es solo por lo que pasa afuera, en las noticias, en la política o en la calle, sino por algo más profundo, más difícil de explicar. Como si lo que entendíamos por “ser chileno” ya no fuera tan claro como antes.
Entre discusiones, crisis, nuevas realidades y una mezcla cultural que no deja de crecer, empecé a darme cuenta de algo humillante: nunca he tenido del todo claro qué significa ser chileno.
¿Serán las empanadas, la chicha, los anticuchos?
¿Será la solidaridad que aparece cuando hay catástrofes?
¿Será esa capacidad de reunirnos y abrazarnos todos juntos en un evento como la Teletón?
¿Será nuestra obsesión por tener la razón, pero la dificultad de decirnos las cosas de frente, a medias tintas?
¿Será nuestra constante queja, esa especie de inconformismo permanente?
Quizás todo eso junto no es más que una caricatura, ¿o quizás sí tiene más peso del que creemos?
Y mientras más lo pienso, más difusa se vuelve la respuesta. Entonces...
¿Qué cresta es ser chileno?
No es una pregunta simple. Y no lo es porque, a diferencia de otras identidades más consolidadas, la chilena no se presenta como algo evidente, sino como algo en permanente construcción.
Quiero creer que Chile no es un país sin identidad, sino más bien un país con una identidad inconclusa.
Toda identidad nacional es, en el fondo, un acuerdo colectivo. Una historia que un grupo de personas decide creer sobre sí mismo. Pero en el caso chileno, ese relato nunca terminó de consolidarse. Se fragmentó. Se volvió múltiple, contradictorio, a veces incluso incompatible consigo mismo.
Y eso tiene consecuencias.
Cuando no hay un relato común claro, la identidad se debilita. Se vuelve difusa. Sabemos que somos chilenos, pero no siempre sabemos qué significa eso realmente.
Hay momentos en que lo chileno aparece con fuerza: en una conversación, en un gesto cotidiano, en un éxtasis colectivo. Pero también hay momentos en que esa identidad se diluye, como si no fuera suficiente por sí sola.
Y en este simple análisis siento que parte de esa tensión tiene raíces más profundas de lo que solemos entender.
Antes de ser una república, Chile ya tenía identidad. No una, sino varias. Pueblos nativos habitaban este territorio con una cosmovisión propia, una relación distinta con la tierra, con la comunidad y con el lenguaje. Pero la identidad chilena moderna no integró completamente esas raíces. Más bien, las empujó hacia el pasado, como si fueran algo superado y no algo que sigue vivo.
Y sin embargo, siguen ahí. Siguen en cómo hablamos: “guagua”, “pololo”, “cahuín”, “pilucho”… palabras que usamos todos los días sin pensar de dónde vienen o cómo nacen.
Por otro lado, también tenemos la forma de comunicarnos. Esa manera de decir sin decir, de insinuar, de suavizar, de esconder lo importante en el tono, en la broma y en el chiste. Tal vez lo que somos no está ausente, está como quien dice "no resuelto".
Y esa misma lógica aparece en cómo enfrentamos la realidad.
Chile ha desarrollado una enorme capacidad de adaptación. Las catástrofes, la inestabilidad y las desigualdades nos han obligado a resolver rápido, a improvisar, a salir del paso. Lo relaciono con el omnipresente “maestro chasquilla”. Pero aquí hay una diferencia importante:
Resolver permite avanzar.
Transformar implica cuestionar.
Chile hace muy bien lo primero. No siempre lo segundo.
Algo similar ocurre con la solidaridad. Cuando todo colapsa por un terremoto, un incendio o una crisis enorme, aparece una cohesión impresionante. Por un momento, Chile sí parece una comunidad, ese momento en el que, como final de película digo: aquí empezamos de cero, aquí comenzamos a construir. Pues no, nada más lejos de la realidad.
También pasa en ciertos hitos ya clásicos de nuestra vida cotidiana: un gol en un mundial, una campaña como la Teletón. Instantes donde dejamos de ser individuos y nos sentimos parte de algo más grande.
Pero es malgo que no dura.
En lo cotidiano, la conexión se fragmenta. La solidaridad se vuelve episódica: intensa, pero intermitente. Nos une más lo que se rompe que lo que construimos.
También tenemos el lenguaje.
El “weón” ("wn" para los amigos) no es solo una palabra. Es una forma de vincularnos. Cercana, pero ambigua. Decimos mucho, pero no siempre de forma directa. Se siente pero no siempre se dice.
La historia tampoco ha logrado unirnos del todo. Más que una memoria compartida, Chile tiene memorias en tensión. Interpretaciones distintas sobre los mismos hechos, sobre los mismos personajes, sobre los mismos procesos. Eso dificulta la construcción de un “nosotros” común, porque el pasado, que suele ser un punto de encuentro en otras culturas, aquí muchas veces funciona como un punto de división.
Incluso la geografía impacta en todo esto.
Un país largo, aislado, contenido entre barreras naturales, tiende a desarrollar una identidad más introspectiva, menos... expansiva. Pero en el caso chileno, esa introspección no siempre se traduce en autoconocimiento. A veces se queda en observación, en distancia, en una especie de silencio colectivo sobre lo que realmente somos. Miramos a los sureños como una especie diferente, como así miramos a los norteños y ellos nos miran a sí mismo, con extrañeza, a los del medio.
El chileno es capaz de resistir, adaptarse, salir adelante. Pero no siempre está convencido de quién es. Y esa duda pesa muchísimo.
Quizás por eso ser chileno no se siente como una definición, sino como una búsqueda. Aunque intuyo que dentro de esa confusión, hay algo que no desaparece.
Pese a que muchas veces no sepamos definirnos, hay imágenes, gestos y símbolos que siguen apareciendo. El huaso en las fiestas, la cueca, la forma en que celebramos, el campo, las tradiciones que vuelven una y otra vez por sobre la modernidad, los volantines, las sopaipillas pasadas en una tarde fría, las frias playas que te congelan los pies, el olor a tierra después de la lluvia, las fondas, la cueca sonando de fondo aunque no sepamos bailarla bien (aunque ya no pueda zapatear... Mmmm ¿no puedo?). Pero no es el dominio, no es la constante, es solo el recordatorio. Un recordatorio de que hay una raíz, una luz y un pequeño brillo de lo que podría ser nuestra identidad.
Tal vez la identidad chilena no está en una definición clara, sino en esos fragmentos que persisten. En lo que vuelve, en lo que se repite, en lo que, aunque cambie de forma, no desaparece.
Quizás el camino claramente no es encontrar una respuesta perfecta, será difícil, pero sí puede ser el comenzar a observarnos más, a cuestionarnos más y a hacernos cargo de lo que somos, sin tanta distancia. A dejar de mirar la identidad como algo lejano… cuando en realidad siempre ha estado ahí.
Somos los chilenos, los cahuineros, los copuchentos, los solidarios, los amigos de los amigos, los carreteros, los buenos para los asados, los empáticos, los quejumbrosos, los que prefieren callar para no molestar al de al lado, los resilientes, los de madres y padres esforzados, los buenos para la palta, para el chiste corto y en doble sentido, los "tiradores pa'rriba", los que "hablamos diferente" y no "mal" como otras culturas suelen decir. Somos lo bueno y lo malo, somos, y ese debe ser el punto de inicio.
Peeeeero, en medio de todo eso, hay otra tensión que se inmiscuye a grandes pasos silenciosos. Mientras intentamos entender qué significa ser chileno, también estamos cambiando constantemente con la globalización, las redes, la cultura digital…
Y en Chile, eso se vuelve mucho más tangible con la inmigración.
Nuevas culturas, nuevos acentos, nuevas formas de ver el mundo. Algo que no solo transforma el país hacia afuera, también lo tensiona hacia adentro. Cuando una identidad ya es difusa, cualquier cambio la vuelve aún más inestable.
Y entonces aparece otra cuestión que traiciona la posibilidad de una cultura propia:
No solo no sabemos bien qué es ser chileno… tampoco sabemos cómo integrar lo que está llegando.
¿Estamos perdiendo identidad?
¿O estamos viendo cómo se transforma?
¿Estamos tratando de proteger algo que nunca terminamos de construir?
Quizás parte de esta confusión no es solo la falta de claridad obvia con todos estos sucesos, también lo son los cambios, todas estas mezclas.
Y tal vez ahí está lo más honesto de todo esto:
Que ser chileno es igual a no tener claro qué es ser chileno.
Es estar, constantemente, tratando de entenderlo y rechazarlo… incluso cuando eso que intentas entender ya está cambiando.
Quizás no nos falta identidad.
Quizás nos falta el coraje para asumirla.
Y quizás, cuando finalmente logremos definirla ya no seremos los mismos.