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Posts sobre "herramientas de autoayuda"

Publicado el 25 Aug 2026

El amor entre Fromm y los gestos mínimos que sostienen una relación

Hay libros, películas y arte que aparece en un momento de la vida en el que el pensamiento crítico está, digamos, en modo avión perenne. En mi caso, ni por asomo estaba desarrollado. O bien, para no exagerarlo tanto, estaba en una etapa en que la falta de experiencia y la pobre persepctiva no me permitían ver más allá de lo que una obra podía entregarme.

Y ahí estaba yo, el porro del colegio con la incapacidad de poder retener o debatir una idea por más de 5 minutos. Mi materia gris de ese entonces, sumado a que en la enseñanza media solo quería dominar el mundo bajo mi propio eje de moralina, logré terminar solo dos libros que, a pesar de que llamaron mi atención, no sabía ni entendía el porqué. Solo intuía que eran importantes. Hasta muchísimos años después que los leí y releí. Mientras tanto, el Rincón del Vago era mi biblia, y el resto de mi instancia de escolaridad solo fueron esos dos libros, y a mucha honra.

Pero como todo, en algún momento se debe tocar tierra y esas dos expresiones de la literatura que hasta hoy no dejan de sorprenderme, no podían llegar en mejor momento: El arte de amar de Erich Fromm y Rebeldes, de Susan E. Hinton.

Una mezcla rara: por una vereda tenemos el ensayo acerca de la filosofía del amor y por la otra vereda tenemos a pandillas adolescentes. Pero así funciona la vida: te enseña lo importante con una pedagogía que parece hecha por un guionista con el sentido del humor de una cafetera.

Y quizás por eso hoy quiero hablar del amor desde una perspectiva que me entrega más angulos y perpectivas de los que tuve en esas épocas, y es acerca de lo que considero un amor genuino.

Del amor que se vive en lo cotidiano, no en los templos emocionales ni en las épicas juveniles, si no del que existe en los gestos mínimos, en los chistes absurdos, en las conversaciones que no llevan a ninguna parte, pero que juntos son los cimientos de lo que para mí es lo esencial al compartir la vida con alguien.

El contexto es el siguiente, no había conocido a una persona que despertara en mí sensaciones legítimas, sensaciones creía imberbes y hasta incluso, de alguna manera egocéntrica, sensaciones fútiles. Pero llegó ella y todo lo que la acompaña, su familia, mi familia, y nuestra querida Lupe. Junto con otras personas maravillosas (y otras también con virtudes únicas que me ayudaron a tener un caña que no tenía desde quizás hace cuando, pero definitivamente desde antes de mi accidente), Y a pesar de que estas cursilerias y melindres no me destacan, no puedo no evitar sacarlas a relucir. Pecaré de melindroso pero no de cínico.

En fin, del amor que me ha hecho crecer.

  1. Fromm y la tentación de convertir el amor en una disciplina olímpica
    Cuando leí "El arte de amar", Fromm me pareció brillante pero también un poco exagerado. Habla del amor como si fuera una disciplina olímpica: disciplina, concentración, madurez absoluta, trascendencia del ego.

O sea, básicamente me dijo: “Si no eres emocionalmente perfecto, no estás amando bien.” Gracias, puto Fromm. Muy útil para la vida real, donde uno a veces ama mientras está cansado, con hambre, con ansiedad o con ganas de quedarse en cama viendo como Gala lloraba a mares. Sí, sí, sí, lo vi. Para mi eterna verguenza. Pero me redimiré y me autoflajearé por semejante festín del cahuín farandulero que me di. Pero eso es tema para otro día.

Sigamos con Fromm. Su ensayo roza la idolatría del amor. Como si amar fuera entrar a un templo emocional donde uno debe ser puro, iluminado y sin contradicciones. Pero el amor en el mundo real no funciona así. Están las contradicciones, torpezas, silencios incómodos y días donde uno solo quiere que el otro le diga “estoy contigo” sin más poesía o peroratas.

El amor es humano, y ahí es una de la grandes enseñazas que encontré en su libro. El amor es humano y por definición lo humano es imperfecto, caótico y profundametne cotidiano.

  1. Rebeldes y la otra cara del amor: la lealtad anárquica
    Luego está Susan con su libro "Rebeldes". Ese libro que me enseñó que el amor y la lealtad nacen en la herida, en la precariedad, en el dolor como punto de partida. Que amar es jugarse la vida por los tuyos, aunque no tengas idea de cómo manejar tus emociones.

Dos visiones del amor completamente distintas:
Una casi religiosa. La otra casi salvaje.

Y yo ahí, adolescente, tratando de entender si amar era ser un monje emocional o un punketa con chaqueta rasgada (que probablemete aun la guardo a pesar de que hay muchos a quienes no les guste... no haré comentarios al respecto).

La vida, por supuesto, se encargó de mostrarme que ninguna de las dos ideas eran cierta al referirlas en su máxima expresión. Pero evidentemente ambas me marcaron. Ambas me dieron un lenguaje para pensar acerca del amor. Ambas me enseñaron que el amor es complejo, contradictorio y profundamente humano.

  1. El amor para mí: ceder, aceptar, poner límites y encontrar belleza en lo absurdo
    Hoy entiendo el amor de otra manera. No como una iluminación espiritual ni como una épica juvenil. Sino como una práctica ética compartida, hecha de gestos mínimos.

El amor no puede sostenerse solo en momentos sofisticados, no, no debe hacerlo. El amor debiese sostenerse en lo que llamaría "los canales de las virtudes simples":
Ceder cuando el otro necesita espacio.
Aceptar que el otro siente distinto, piensa distinto, vive distinto.
Poner límites para no perderse en el otro.
Buscar el chiste más absurdo para romper un silencio tenso.
Acompañar a comprar algo aunque no tengas ganas.
Escuchar cuando el otro está mal, incluso cuando no tienes soluciones.
Un abrazo que llega sin aviso, pero llega justo.
Una risa compartida por algo que no tiene ninguna gracia, pero que une de sobremanera.

Ese amor cotidiano, simple, casi doméstico, es el que te hace crecer. El que te enseña paciencia, y un poco de humildad, toques de ternura y, por sobretodo, presencia.

  1. Fromm vs. la vida real (y por qué el amor es más humano que ideal)
    Fromm piensa el amor como una competencia individual y yo quiero pensarlo como, digamos, una co-construcción. Fromm idealiza la madurez emocional pero también debiese idealiarze la imperfección, no verla como un estado negativo, si no como una excusa para mejorar, por que, desde el vamos, ninguna relación nace perfecta cuando dos seres se encuentran, no saben nada del otro. No hay que trascender ni demostrar que el poder del amor puede navegar por los mares más tormentosos de la mente ni el espacio. Es algo mucho más simple, es estar presente de una manera consciente.

Si Fromm quiere que el amor sea un arte, hoy yo quiero que el amor sea una práctica constante entre dos personas que se eligen concientemente.

Todo este aprendizaje me ha entregado lo suficiente para poder observar que el amor no es una virtud abstracta ni un sacrificio del cuerpo y el alma. Es:
Una responsabilidad viva, activa, consciente en sus acciones.
Es un compromiso cotidiano de aceptar bajo acuerdos mutuos si algo te molesta del otro.
Es un espacio donde dos subjetividades negocian, acuerdan, se transforman.
Donde los gestos mínimos sostienen lo que los grandes discursos no pueden.

¡Y sí! La palabras no hacen honor al esfuerzo que conlleva detrás todo esto, pero ahí está al clave, ¿Cuánto permitirás tú que terceros dictaminan tu criterio de lo que es el amor? ¿Cuánto de lo que digo yo puede si quiera ser cierto? ¿Cuánto es solo palabrería y cúanto es acción? Hoy mi respuesta es clara y haré lo mejor que puedo con las herramientas que tengo.

Y tú Macarena, ¡Ay mi Macarena!
Si hoy escribo sobre el amor, no es por Fromm ni por Hinton, aunque ambos me acompañaron en esa adolescencia y en el aprendizaje durante mi adultez acerca de lo que es una relación en donde uno cree que los libros explican la vida.
Escribo sobre el amor porque te pienso y nos pienso.

Y evitaré ser meloso todo lo que pueda antes que se me dispare la diabetes.

Contigo entendí que amar no es una la flagrante spiritual ni la capa juvenil de querer salvar al otro.
Amar es mirarte y reconocer tus ritmos, tus límites, tus silencios y tus intensidades.
Amar es cuidarte sin invadirte, escucharte sin exigirte, acompañarte sin perderme.
Amar es elegirte con responsabilidad, con ternura y con conciencia.
Amar es reír contigo de chistes absurdamente genuinos, acompañarte en lo simple, sostenerte en lo difícil y crecer juntos en lo cotidiano.
Y lo resumo así: hoy eres hogar.

Publicado el 21 Sep 2025

Combatir la Depresión

Previo a mi accidente, nunca me detuve a entender mis emociones ni a darles tiempo; mucho menos me di el espacio para conocer por qué sentía lo que sentía. Me dedicaba a llevar mi cuerpo al límite, siempre compitiendo conmigo mismo, hasta donde podía llegar, y a entender el mundo exterior: mochileaba, viajaba en moto, subía al primer cerro que encontraba —El Cerro La Ballena era mi predilección—, y buscaba respuestas en todos los libros que podía devorar. Creía que la filosofía nietzscheana o sartreana tenían las respuestas del existencialismo, del porqué estamos aquí, del porqué nacimos. Entrenaba y trotaba a diario porque, según yo, eso me conectaba con mis pensamientos. Probablemente me concentraba más y dejaba que mis ideas revoloteasen por donde quisieran en los recovecos de la mente, siempre estando solo. Amo mi solitud. Pero todo eso era la "Gran Fachada" que viví durante 34 años.

Al momento del accidente, fue pura adrenalina. En el hospital todavía tenía la mentalidad competitiva: quería demostrarme hasta dónde podía llegar. Por eso comencé a prepararme para dar la PAES y entrar a la universidad, convencido de que podía hacer todo lo que me propusiera. El paraatletismo, al principio, también fue parte de esa misma lógica: entrenar duro, competir, mostrarle al mundo que era fuerte y que nada me detenía. Pero con el tiempo entendí que todo eso, igual que antes, también era parte de la "Gran Fachada". No había tiempo para las emociones; sentir era perder progreso. Y así siempre estuve existiendo en un lugar termendo y oculto a mis ojos.

Sí, el mundo exterior, ¿Y el mundo interior? Comencé a notar que, poco a poco, me iba enamorando del deporte. Ya no como una demostración hacia afuera, sino como una experiencia profundamente personal: entrenar porque me conecta conmigo, porque me da disciplina, porque me devuelve energía. Dejé de verlo como un escenario donde debía probar algo y lo convertí en un camino de crecimiento. Lo mismo pasó con los estudios: finalmente no entré a la universidad, porque también decidí escucharme y elegir mis propios caminos. Me dediqué de manera autodidacta a la programación, entendiendo que no tenía que cumplir con un molde preestablecido para validar mi capacidad. Elegí lo que de verdad quería, lo que me hacía sentido, lo que me hacía sentir vivo.

Fue ahí cuando empecé a aprender y a usar herramientas concretas para combatir la depresión, no eran pociones mágicas, lo sabía, sino que prácticas que me permiten acompañarme y vivir por sobre existir el día a día. Primero: sentir mis emociones. Cuando aparece la pena, no la empujo; la dejo entrar, la dejo pasar por mi cuerpo y la dejo ir. Me permito llorar —llorar es un arma valiosa, una aunténtica—. Me siento en la cama o en una silla, llevo la atención a los sentidos y pienso: “está bien que esto pase por mí; pero también deben irse, como todo en el mundo”.

Otra herramienta práctica: rutinas pequeñas e inquebrantables. Si no tengo ganas de bañarme, me obligo a poner la toalla sobre la cama y abrir el agua; el ritual pequeño arrastra la inercia. Si el día es pesado, me pongo micro-metas: levantarme, tomar agua, preparar algo para comer, salir cinco minutos al balcón o asomarme a la ventana. Celebrar lo mínimo crea pequeñas señales de logro que, con el tiempo, suman.

Movimiento: no siempre se trata de forzar entrenamientos extremos —la Gran Fachada— sino de movimientos que me reconecten con el cuerpo sin exigirle nada. Un minuto de estiramiento, una caminata corta, o una sesión de electroestimulación cuando toca; todo suma. También uso la escritura: dos o tres minutos para vomitar lo que tengo en la cabeza sin estructura ni corrección. A veces lo quemo; otras lo guardo. La idea es vaciar la olla para que no hierva.

Conexión: pedir ayuda y decir lo que necesito con un trasfondo que solo conocen quienes de verdad necesito. Aprendí a poner límites con quienes no generan seguridad emocional y a acercarme a quienes me sostienen aunque sea con silencios.

Y obvio, mi medicina especial que guardo cuando necesito mandar todo a la mierda: mi playlist. La vastedad de Led Zepellin, la furia de Zakk Wylde, el soundtrack de Cyberpunk Edgerunners y finalmente la melancolía necesaria de Gibran Alcocer y Ludovico Einaudi.

Algo que me ayudó mucho fue aceptar que la solitud elegida es distinta de la soledad impuesta: la primera nutre, la segunda vacía. Si me doy cuenta de que estoy en soledad, busco (todavía con temor) el contacto aunque sea por texto; si quiero mi espacio, lo pido. No es debilidad ni manipulación; es inteligencia emocional.

No todas las mañanas serán buenas. No todas las semanas mejoran linealmente. Hay recaídas, días en que todo pesa, y eso no significa que he fracasado; significa que sigo vivo y que mi sistema está procesando. Cuando la oscuridad es muy intensa —si aparecen pensamientos intensos e intrusivos — ya sé cómo manejarlos.

Hoy puedo decir que combatir la depresión es un ejercicio cotidiano de honestidad conmigo mismo: dejar entrar lo que siento, nombrarlo, sentirlo con el cuerpo, dejarlo salir y volver a intentarlo al día siguiente. Me costó entender que no tenía que demostrar que soy capaz de todo para tapar las grietas de mis dificultades, solo aprender a acompañarme. Si algo te toca de lo que cuento, prueba una de las pequeñas herramientas que uso: deja que la emoción entre, pásala por tu cuerpo y déjala ir. Respira. Llora si tienes que llorar. Haz una micro-tarea y repítela mañana. Eso basta para empezar a cambiar.