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La forma cambia, el propósito se afina.

Posts sobre "salud mental"

Publicado el 25 Aug 2026

El amor entre Fromm y los gestos mínimos que sostienen una relación

Hay libros, películas y arte que aparece en un momento de la vida en el que el pensamiento crítico está, digamos, en modo avión perenne. En mi caso, ni por asomo estaba desarrollado. O bien, para no exagerarlo tanto, estaba en una etapa en que la falta de experiencia y la pobre persepctiva no me permitían ver más allá de lo que una obra podía entregarme.

Y ahí estaba yo, el porro del colegio con la incapacidad de poder retener o debatir una idea por más de 5 minutos. Mi materia gris de ese entonces, sumado a que en la enseñanza media solo quería dominar el mundo bajo mi propio eje de moralina, logré terminar solo dos libros que, a pesar de que llamaron mi atención, no sabía ni entendía el porqué. Solo intuía que eran importantes. Hasta muchísimos años después que los leí y releí. Mientras tanto, el Rincón del Vago era mi biblia, y el resto de mi instancia de escolaridad solo fueron esos dos libros, y a mucha honra.

Pero como todo, en algún momento se debe tocar tierra y esas dos expresiones de la literatura que hasta hoy no dejan de sorprenderme, no podían llegar en mejor momento: El arte de amar de Erich Fromm y Rebeldes, de Susan E. Hinton.

Una mezcla rara: por una vereda tenemos el ensayo acerca de la filosofía del amor y por la otra vereda tenemos a pandillas adolescentes. Pero así funciona la vida: te enseña lo importante con una pedagogía que parece hecha por un guionista con el sentido del humor de una cafetera.

Y quizás por eso hoy quiero hablar del amor desde una perspectiva que me entrega más angulos y perpectivas de los que tuve en esas épocas, y es acerca de lo que considero un amor genuino.

Del amor que se vive en lo cotidiano, no en los templos emocionales ni en las épicas juveniles, si no del que existe en los gestos mínimos, en los chistes absurdos, en las conversaciones que no llevan a ninguna parte, pero que juntos son los cimientos de lo que para mí es lo esencial al compartir la vida con alguien.

El contexto es el siguiente, no había conocido a una persona que despertara en mí sensaciones legítimas, sensaciones creía imberbes y hasta incluso, de alguna manera egocéntrica, sensaciones fútiles. Pero llegó ella y todo lo que la acompaña, su familia, mi familia, y nuestra querida Lupe. Junto con otras personas maravillosas (y otras también con virtudes únicas que me ayudaron a tener un caña que no tenía desde quizás hace cuando, pero definitivamente desde antes de mi accidente), Y a pesar de que estas cursilerias y melindres no me destacan, no puedo no evitar sacarlas a relucir. Pecaré de melindroso pero no de cínico.

En fin, del amor que me ha hecho crecer.

  1. Fromm y la tentación de convertir el amor en una disciplina olímpica
    Cuando leí "El arte de amar", Fromm me pareció brillante pero también un poco exagerado. Habla del amor como si fuera una disciplina olímpica: disciplina, concentración, madurez absoluta, trascendencia del ego.

O sea, básicamente me dijo: “Si no eres emocionalmente perfecto, no estás amando bien.” Gracias, puto Fromm. Muy útil para la vida real, donde uno a veces ama mientras está cansado, con hambre, con ansiedad o con ganas de quedarse en cama viendo como Gala lloraba a mares. Sí, sí, sí, lo vi. Para mi eterna verguenza. Pero me redimiré y me autoflajearé por semejante festín del cahuín farandulero que me di. Pero eso es tema para otro día.

Sigamos con Fromm. Su ensayo roza la idolatría del amor. Como si amar fuera entrar a un templo emocional donde uno debe ser puro, iluminado y sin contradicciones. Pero el amor en el mundo real no funciona así. Están las contradicciones, torpezas, silencios incómodos y días donde uno solo quiere que el otro le diga “estoy contigo” sin más poesía o peroratas.

El amor es humano, y ahí es una de la grandes enseñazas que encontré en su libro. El amor es humano y por definición lo humano es imperfecto, caótico y profundametne cotidiano.

  1. Rebeldes y la otra cara del amor: la lealtad anárquica
    Luego está Susan con su libro "Rebeldes". Ese libro que me enseñó que el amor y la lealtad nacen en la herida, en la precariedad, en el dolor como punto de partida. Que amar es jugarse la vida por los tuyos, aunque no tengas idea de cómo manejar tus emociones.

Dos visiones del amor completamente distintas:
Una casi religiosa. La otra casi salvaje.

Y yo ahí, adolescente, tratando de entender si amar era ser un monje emocional o un punketa con chaqueta rasgada (que probablemete aun la guardo a pesar de que hay muchos a quienes no les guste... no haré comentarios al respecto).

La vida, por supuesto, se encargó de mostrarme que ninguna de las dos ideas eran cierta al referirlas en su máxima expresión. Pero evidentemente ambas me marcaron. Ambas me dieron un lenguaje para pensar acerca del amor. Ambas me enseñaron que el amor es complejo, contradictorio y profundamente humano.

  1. El amor para mí: ceder, aceptar, poner límites y encontrar belleza en lo absurdo
    Hoy entiendo el amor de otra manera. No como una iluminación espiritual ni como una épica juvenil. Sino como una práctica ética compartida, hecha de gestos mínimos.

El amor no puede sostenerse solo en momentos sofisticados, no, no debe hacerlo. El amor debiese sostenerse en lo que llamaría "los canales de las virtudes simples":
Ceder cuando el otro necesita espacio.
Aceptar que el otro siente distinto, piensa distinto, vive distinto.
Poner límites para no perderse en el otro.
Buscar el chiste más absurdo para romper un silencio tenso.
Acompañar a comprar algo aunque no tengas ganas.
Escuchar cuando el otro está mal, incluso cuando no tienes soluciones.
Un abrazo que llega sin aviso, pero llega justo.
Una risa compartida por algo que no tiene ninguna gracia, pero que une de sobremanera.

Ese amor cotidiano, simple, casi doméstico, es el que te hace crecer. El que te enseña paciencia, y un poco de humildad, toques de ternura y, por sobretodo, presencia.

  1. Fromm vs. la vida real (y por qué el amor es más humano que ideal)
    Fromm piensa el amor como una competencia individual y yo quiero pensarlo como, digamos, una co-construcción. Fromm idealiza la madurez emocional pero también debiese idealiarze la imperfección, no verla como un estado negativo, si no como una excusa para mejorar, por que, desde el vamos, ninguna relación nace perfecta cuando dos seres se encuentran, no saben nada del otro. No hay que trascender ni demostrar que el poder del amor puede navegar por los mares más tormentosos de la mente ni el espacio. Es algo mucho más simple, es estar presente de una manera consciente.

Si Fromm quiere que el amor sea un arte, hoy yo quiero que el amor sea una práctica constante entre dos personas que se eligen concientemente.

Todo este aprendizaje me ha entregado lo suficiente para poder observar que el amor no es una virtud abstracta ni un sacrificio del cuerpo y el alma. Es:
Una responsabilidad viva, activa, consciente en sus acciones.
Es un compromiso cotidiano de aceptar bajo acuerdos mutuos si algo te molesta del otro.
Es un espacio donde dos subjetividades negocian, acuerdan, se transforman.
Donde los gestos mínimos sostienen lo que los grandes discursos no pueden.

¡Y sí! La palabras no hacen honor al esfuerzo que conlleva detrás todo esto, pero ahí está al clave, ¿Cuánto permitirás tú que terceros dictaminan tu criterio de lo que es el amor? ¿Cuánto de lo que digo yo puede si quiera ser cierto? ¿Cuánto es solo palabrería y cúanto es acción? Hoy mi respuesta es clara y haré lo mejor que puedo con las herramientas que tengo.

Y tú Macarena, ¡Ay mi Macarena!
Si hoy escribo sobre el amor, no es por Fromm ni por Hinton, aunque ambos me acompañaron en esa adolescencia y en el aprendizaje durante mi adultez acerca de lo que es una relación en donde uno cree que los libros explican la vida.
Escribo sobre el amor porque te pienso y nos pienso.

Y evitaré ser meloso todo lo que pueda antes que se me dispare la diabetes.

Contigo entendí que amar no es una la flagrante spiritual ni la capa juvenil de querer salvar al otro.
Amar es mirarte y reconocer tus ritmos, tus límites, tus silencios y tus intensidades.
Amar es cuidarte sin invadirte, escucharte sin exigirte, acompañarte sin perderme.
Amar es elegirte con responsabilidad, con ternura y con conciencia.
Amar es reír contigo de chistes absurdamente genuinos, acompañarte en lo simple, sostenerte en lo difícil y crecer juntos en lo cotidiano.
Y lo resumo así: hoy eres hogar.

Publicado el 19 Aug 2026

Reflexiones - La lesión medular y la pérdida

¿Vale la pena intentar obviar lo que prácticamente hace que te sientas parte de algo? más bien ¿Se puede prescindir (o “aceptar”, como dirían los neo-gurús del estoicismo) de las sensaciones que te hacen sentir vivo? Quiero poner el siguiente ejemplo: la arena. Durante toda mi vida apreciaba y en ocasiones hasta me extasiaba caminar por la playa. Sacarme las zapatillas, sentir el cosquilleo de la arena, ver cómo se metía entre los dedos de mis pies. Era sentir el paisaje y, abusando de la retórica, me llegaba a concebir parte del paisaje. Esa enajenación merecía un segundo de atención.

¡Y pam! Un choque y dejé de sentir la arena en mis pies de un momento a otro.

No, hoy no quiero caer en la típica cuestión de que “la lesión medular me hizo más fuerte”. Después de un accidente de esa magnitud uno empieza a descubrir que la palabra “normal” es bastante extraña. Lo que antes era automático ahora simplemente dejó de serlo. Hay cosas que antes hacía sin siquiera pensar y que ahora tengo que aprender de otra manera. Si tengo que hacer algo de una forma distinta, lo hago distinto. Si tengo que improvisar, improviso. Si tengo que orinar escondido detrás de un arbusto... bueno, tampoco es que vaya a escribir una tragedia griega al respecto. Se busca una solución, se resuelve y se avanza nuevamente.

Pero hay una diferencia entre adaptarse a algo y dejar de sentir su pérdida.

Puedo aprender a vivir perfectamente sin sentir las piernas y, al mismo tiempo, echar de menos sentirlas. Una cosa no elimina la otra. Y creo que ahí aparece una parte del miedo de la que pocas veces se habla: el miedo no solamente a lo que por obviedad perdiste, sino a las consecuencias de esa pérdida. A enfermarte, a lesionarte, a que aparezca una complicación, a que algo que hoy funciona mañana deje de hacerlo. Después de una lesión medular uno aprende bastante rápido que el cuerpo puede cambiar tu vida en cuestión de segundos bajo cualquier pretexto. Y cuando ya aprendiste eso una vez, cuesta volver a confiar en él. La lesión medular no me hizo más fuerte, me convirtió en una persona menos ingenua que antes.

Durante mucho tiempo pensé que el miedo era algo que había que eliminar. Como si el miedo fuera una falla del sistema que había que corregir. Con el tiempo he empezado a pensar lo contrario. El miedo puede ser un profesor bastante hijo de puta, pero profesor al fin y al cabo. Te obliga a prepararte. A conocer tu cuerpo. A anticiparte. A aprender cosas que probablemente nunca habrías querido aprender. A veces incluso te obliga a tomarte en serio cosas que antes dabas por sentadas. Sentadas, ¿Se entendió el chiste?.

Y quizás ahí Nietzsche empieza a resultarme interesante, aunque también me incomode aceptarlo. Recalco, esa idea de que aquello que nos golpea puede transformarnos tiene algo de verdad en sí mismo, pero también una trampa. Es muy fácil mirar hacia atrás y construir una historia bonita alrededor del sufrimiento: “me pasó esto y gracias a eso me convertí en quien soy”. Suena bien. Casi demasiado bien. Pero yo no creo que mi lesión haya sido necesaria para convertirme en quien soy. No necesitaba dejar de sentir las piernas para aprender determinadas cosas. Y, sobre todo, no creo que exista una especie de plan cósmico en el que alguien decidió que esta era la forma adecuada de enseñarme una lección. Eso sería bastante cómodo. Si todo ocurre por algo, entonces hasta la tragedia viene con manual de instrucciones.

Pero el perro de Dostoyevski, a quien estoy leyendo con tanto fervor últimamente, me resulta bastante más incómodo. Sus personajes no sufren ordenadamente. Se contradicen. Se obsesionan. Se hunden. Se levantan. Vuelven a hundirse. A veces entienden perfectamente lo que deberían hacer y, acto seguido, hacen exactamente lo contrario. Y quizás por eso me resulta tan fácil encontrar algo de humanidad ahí. Porque uno no se convierte mágicamente en una persona iluminada después de una lesión. Sigues teniendo miedo, rabia, ego, frustración, humor y días en que simplemente quieres mandar todo a la mierda. Y al día siguiente probablemente vuelves a entrenar como si nada.

Creo que una de las cosas más difíciles ha sido aceptar que puedo valorar profundamente lo que he aprendido sin tener que agradecer por lo que me ocurrió. Son cosas completamente distintas. He aprendido a prepararme mejor, a conocer mi cuerpo, a entender mis límites y a prestar atención a cosas que antes ni siquiera veía. También aprendí que no todo depende de mí, por mucho que nos guste esa idea tan reconfortante de que, si nos esforzamos lo suficiente, podemos controlar nuestra vida.

No, no podemos.

Y quizás descubrirlo sea una de las cosas más incómodas de una lesión medular. Puedes entrenar, alimentarte bien, cuidarte, prepararte, hacer todo lo que está en tus manos y aun así existe una parte de la vida que seguirá siendo completamente impredecible. Eso da miedo. Pero también el toque liberador. Porque llega un momento en que entiendes que prepararte no significa controlar el futuro. Significa estar en la mejor posición posible para cuando el futuro decida hacer lo que le dé la gana.

Y todavía hay cosas que extraño.

No creo que tenga sentido fingir lo contrario. Hay días en que pienso en caminar por la playa, sacarme las zapatillas y sentir nuevamente la arena entre los dedos. No necesito convertir ese deseo en una tragedia ni tampoco convencerme de que ya no me importa. Me importa. La extraño.

Pero extrañar algo tampoco significa estar detenido en el pasado, ¡Y vaya que me costó entenderlo!

Durante mucho tiempo pensé que superar algo significaba dejar de sentir tristeza por ello. Ahora me convenzo de que quizás significa otra cosa: poder mirar aquello que perdiste sin permitir que esa pérdida decida qué vas a hacer con lo que todavía tienes.

La lesión me quitó cosas. Algunas demasiado importantes. Pero también me obligó a aprender otras. Y ahí aparece una contradicción que todavía me cuesta explicar: puedo odiar profundamente algunas consecuencias de lo que ocurrió y, al mismo tiempo, reconocer que la persona que soy hoy aprendió cosas que el Diego de antes probablemente jamás habría entendido.

La dulce ironía en la amarga verdad, o como dijo Jacinto Benavente "La ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe".

No sé si eso es fortaleza. Tampoco sé si es resiliencia, adaptación o simplemente la capacidad bastante humana de seguir haciendo cosas después de que la vida te cambia las reglas sin preguntarte si estabas de acuerdo.

Quizás ni siquiera necesito saberlo.

Lo que sí sé es que todavía tengo temor y añoranza, como la arena bajo mis pies. Todavía hay cosas que me gustaría recuperar. Y aun así sigo entrenando, sigo aprendiendo, sigo preparándome y sigo buscando nuevas maneras de hacer cosas que antes parecían imposibles. Esperar a dejar de tener miedo para hacer algo es una manera bastante eficiente de no hacer nada.

Neo-gurús del estoicismo, no volveré a sentir la arena con mis pies, lo que sí sé es que no pienso pasarme la vida esperando a sentirla para seguir avanzando. ¿Aceptar? ¡Claro que no! Superar.

Publicado el 18 Oct 2025

De Yessenia - Qué entendemos por ansiedad y depresión

Entendiendo lo invisible
Hay dolores que, por la evolución, por la costumbre o por la necesidad aprendieron a no gritar. Se les enseñó a no sangrar. A que, si no se ven en radiografías o no se explican con facilidad, no existen. A que si sale del precepto social, estas no tienen presencia pero, ¡Noticias! Están ahí. En ese cuerpo desgastado que no quiere levantarse, en el pensamiento que corre sin parar, en la mente que se pregunta si todo esto tiene sentido.

La ansiedad y la depresión "son modas", "son excusas", "son debilidades". Sí, para mi esperpento azar lo he escuchado y lo he leído. ¡Nada más lejos de la sustancia! Son condiciones reales, complejas, y profundamente humanas. Afectan a todo espectro de personas: a niños, adultos, profesores, trabajadores, deportistas, artistas. No distinguen edad, clase social ni nivel educativo. Y sin embargo, siguen siendo invisibilizadas, malinterpretadas o reducidas a frases como “échale ganas” o “todo está en tu cabeza”. En lo personal, frases que realmente detesto.

Este tema surgió gracias a una pregunta de Yessenia, profesora de lenguaje en enseñanza básica, con quien conversamos y compartimos ideas basado en el comportamiento emocional de sus alumnos. Para responderle con mayor profundidad, conversé con mi hermano (psicólogo laboral y deportivo). Aquí su introducción:

“A grandes rasgos, la ansiedad es ese miedo o temor al futuro, a lo que viene. Es ponerse en la mente un montón de escenarios —a veces improbables— que nadie sabe si van a pasar: ‘me voy a morir’, ‘me va a ir mal’, ‘me van a rechazar’. Es también, por otro lado, querer que todo salga bien, lo que genera estrés anticipatorio. Cuando ese estrés es muy intenso, abruma y aparecen síntomas como temblores, palpitaciones, sensación de muerte, sudoración, mareos, dolores de cabeza.

La depresión, en cambio, tiene más que ver con el estado de ánimo: falta de ganas de hacer las cosas, de levantarse, de salir. Se relaciona con sentimientos negativos, irritabilidad, pérdida de sentido. Lo que antes te gustaba, ya no te interesa. Todo se vuelve pesado.”

Yessenia: la profesora que escucha más allá de las palabras
Yessenia no es psicóloga, pero en la práctica ha aprendido a entender nociones de la psicología. Día a día interpreta gestos, silencios, cambios de ánimo. Ha desarrollado una sensibilidad que va más allá del currículum ya que, como me dijo ella, ser profesora es algo que le apasiona. Sabe cuándo un alumno no está bien, aunque diga que sí. Sabe que la tristeza no siempre se expresa con lágrimas, y que la ansiedad no siempre se nota en el cuerpo.

Ella me contó que muchas niñas y niños no saben nombrar lo que sienten. Que algunos se enojan sin razón aparente, otros se aíslan, otros se ríen de todo. Y que detrás de esas conductas ha aprendido a hacer una pausa y ver si hay miedo, frustración, angustia y cualquier emoción o sentimiento que intervenga con el quehacer de sus alumnos. Por eso, Yessenia es realmente alguien que escucha. El rol de un profesor debiese dejar de ser su significado etimológico: "El que profesa" o "El que declara públicamente". Debe ser también quien acompaña.

Y eso, en un sistema educativo que muchas veces prioriza resultados por sobre emociones, se convierte en algo subversivo.

Ansiedad y el peso del futuro:
La ansiedad es una respuesta natural del cuerpo frente a situaciones percibidas como amenazantes. Es parte del sistema de defensa: prepara al organismo para enfrentar o huir. Pero cuando esa respuesta se vuelve constante, intensa y desproporcionada, hablamos de un trastorno de ansiedad.

Según la Organización Mundial de la Salud, los trastornos de ansiedad son los más comunes del mundo, afectando a más de 359 millones de personas. Si esa cifra no te hace dudar de que la ansiedad existe, cuestiónate realmente si lo que está absorbiendo tu conocimiento es gracias a las películas de Disney modernas. Tal vez dejar de pagar el plan te haga bien.

¿Cómo se manifiesta?
Miedo excesivo ante situaciones cotidianas.
Pensamientos repetitivos sobre escenarios negativos.
Palpitaciones, sudoración, temblores.
Sensación de muerte inminente o pérdida de control.
Evitación de lugares o personas por temor a “sentirse mal”.
Dificultad para concentrarse o dormir.

La ansiedad va más allá de solo “estar nervioso” o "ser acelerado". Vivir en alerta es una constante y sentir que algo malo va a pasar, aunque no haya prueba de ello, se vuelve en el pan nuestro de cada día. Es aquello que hace que el cuerpo reaccione como si estuviera en peligro, incluso cuando estás en tu casa, en clase, o en el trabajo.

“La ansiedad es el miedo al futuro, a lo que viene. Es crearse escenarios que nadie sabe si van a pasar.” — Christopher Silva, Psicólogo.

¿Qué la causa?
Factores genéticos y neuroquímicos.
Experiencias traumáticas o estresantes.
Presión académica, laboral o social.
Ambientes familiares inestables.
Uso excesivo de redes sociales y exposición constante a estímulos.

La buena noticia: existen tratamientos eficaces. Terapia cognitivo-conductual, mindfulness, medicación en algunos casos, y sobre todo, acompañamiento. La ansiedad no debiese ser una lucha en soledad como tampoco lo debiese ser la depresión. No olvides que la fortaleza radica en atreverse a decir, a exteriorizar el problema, no a hundirlo más en tu cabeza.

Depresión el presente gris
La depresión, también llamada trastorno depresivo mayor, es una condición que afecta el estado de ánimo, el pensamiento y el comportamiento. No es la tristeza común. Es una pena, una melancolía profunda, insistente, que interfiere con la vida diaria.

Según la Revista Médica de Chile, una de cada cinco personas la experimentará en algún momento de su vida, y se espera que sea la principal causa de discapacidad en el mundo para 2030. Discpacidad al interferir con el desarrollo de la vida diaria.

¿Cómo se manifiesta?
Falta de energía o motivación.
Pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban.
Irritabilidad, aislamiento, llanto frecuente.
Cambios en el apetito y el sueño.
Sentimientos de inutilidad, culpa o desesperanza.
Pensamientos suicidas (en casos graves).

La depresión no siempre se ve, probablemente casi nunca. Invisible ante los ojos de quienes no han interactuado con el trastorno. A veces la persona sigue trabajando, estudiando, sonriendo. Pero por dentro, todo pesa. Todo cuesta. Todo duele.

“Todo lo que hacías ya no tienes ganas de hacerlo. No hay sentido.” — Christopher Silva, Psicólogo.

¿Qué la causa?
Factores genéticos y desequilibrios químicos en el cerebro.
Pérdidas afectivas, rupturas, duelos.
Estrés crónico, enfermedades físicas.
Abuso, negligencia, violencia.
Falta de redes de apoyo.

Contra el optimismo obligatorio
La depresión no se cura con frases motivacionales, con discursos obtusamente optimistas. No desaparece porque alguien te diga “todo pasa por algo” o “pon de tu parte”. No se disuelve con un café, ni con un “vamos que se puede” escrito en tipografía cursiva sobre un fondo de playa caribeña.

La depresión no se combate con coaching de Instagram ni con influencers que jamás han sentido el peso de no querer existir. No se sana con consejos de gente que confunde tristeza con flojera, ni con jefes que creen que “la actitud lo es todo”.

Invalidar el dolor emocional se convierte en ignorancia. Estupidez simbólica. Es decirle al otro que su sufrimiento no merece espacio, ni tiempo, ni atención y convertir el malestar en culpa. Y eso, lejos de ayudar, lo profundiza.

“Si estás deprimido, sal a correr.” “Es que no tienes fe.” “Yo también estuve mal, pero me puse las pilas.” Já.

Estas frases para nada son apoyo, son un órgano de necedad disfrazada de consejo. Son el equivalente emocional de decirle a alguien con fractura de pierna que “camine con ganas”. De hecho, me lo dijeron un par veces dentro de las miles de fracturas que he tenido en mi vida.

La depresión se trata con psicoterapia, con apoyo médico, con redes reales: amigos verdaderos, familia dispuesta a todo y personas que han pasado por ello. Y sobre todo, con respeto. Con silencio cuando no se sabe qué decir. Escuchando cuando el otro no puede hablar. Con presencia cuando el mundo se vuelve inhabitable.

Porque si no puedes entender el dolor del otro, al menos no lo maquilles con frases de tazas del mall chino. No lo conviertas en eslogan. No lo uses para sentirte superior.

Lo que sí ayuda
Este no viene en formato de eslogan. No se imprime en tazas ni se comparte como reels motivacionales. Lo que sí ayuda es más lento, más incómodo y, claramente, más humano.

Psicoterapia: el espacio donde el dolor se reconoce
La terapia no es magia, para nada. Es método y años de ciencia y un espacio donde el sufrimiento se puede decir, se puede compartir. Donde el caos se comienza a organizar. La terapia ayuda porque no simplifica. Porque no te dice “todo pasa por algo”. Te pregunta por qué está pasando y te acompaña a entenderlo.

Apoyo médico
La depresión y la ansiedad tienen correlatos neuroquímicos. No son solo “mentales”. A veces, el cerebro necesita ayuda. Y eso para nada es debilidad puesto que entramos al terreno de la fisiología. El uso de medicamentos —cuando es indicado por profesionales— puede ser clave para estabilizar, para recuperar el ritmo, para volver a sentir que se puede. Negar esa posibilidad por prejuicio es como decirle a alguien con diabetes que no tome insulina porque “todo está en su actitud”. Já.

Redes reales y que predomine la presencia, no los consejos:
Lo que ayuda no es decir “ánimo”. Es estar. Es preguntar sin invadir. Es acompañar sin exigir. Las redes reales —amigos, familia, comunidad— no tienen que saber qué decir. Solo tienen que estar dispuestas a escuchar, a sostener y validar de ser necesario. El dolor compartido no desaparece, pero da paso a un lugar más confortable.

Y por supuesto, finalmente lo que ayuda es saber, leer, informarse para dejar de repetir mitos. La ansiedad no es “ser exagerado”. La depresión no es “ser flojo”. Cuando entendemos, dejamos de actuar como simples ignorantes y con ello podemos comenzar a formar el criterio del cuando es el lugar y del cuando cuidar.

Bibliografía

Ansiedad:
OMS - https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/anxiety-disorders
APA - https://www.psychiatry.org/patients-families/anxiety-disorders/what-are-anxiety-disorders
Revista Médica de Chile - https://www.revistamedicadechile.cl/index.php/rmedica/article/view/11174

Depresión:
OMS - https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/depression
Revista Médica de Chile - https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872022001101419
NIMH - https://www.nimh.nih.gov/health/topics/depression

Publicado el 21 Sep 2025

Combatir la Depresión

Previo a mi accidente, nunca me detuve a entender mis emociones ni a darles tiempo; mucho menos me di el espacio para conocer por qué sentía lo que sentía. Me dedicaba a llevar mi cuerpo al límite, siempre compitiendo conmigo mismo, hasta donde podía llegar, y a entender el mundo exterior: mochileaba, viajaba en moto, subía al primer cerro que encontraba —El Cerro La Ballena era mi predilección—, y buscaba respuestas en todos los libros que podía devorar. Creía que la filosofía nietzscheana o sartreana tenían las respuestas del existencialismo, del porqué estamos aquí, del porqué nacimos. Entrenaba y trotaba a diario porque, según yo, eso me conectaba con mis pensamientos. Probablemente me concentraba más y dejaba que mis ideas revoloteasen por donde quisieran en los recovecos de la mente, siempre estando solo. Amo mi solitud. Pero todo eso era la "Gran Fachada" que viví durante 34 años.

Al momento del accidente, fue pura adrenalina. En el hospital todavía tenía la mentalidad competitiva: quería demostrarme hasta dónde podía llegar. Por eso comencé a prepararme para dar la PAES y entrar a la universidad, convencido de que podía hacer todo lo que me propusiera. El paraatletismo, al principio, también fue parte de esa misma lógica: entrenar duro, competir, mostrarle al mundo que era fuerte y que nada me detenía. Pero con el tiempo entendí que todo eso, igual que antes, también era parte de la "Gran Fachada". No había tiempo para las emociones; sentir era perder progreso. Y así siempre estuve existiendo en un lugar termendo y oculto a mis ojos.

Sí, el mundo exterior, ¿Y el mundo interior? Comencé a notar que, poco a poco, me iba enamorando del deporte. Ya no como una demostración hacia afuera, sino como una experiencia profundamente personal: entrenar porque me conecta conmigo, porque me da disciplina, porque me devuelve energía. Dejé de verlo como un escenario donde debía probar algo y lo convertí en un camino de crecimiento. Lo mismo pasó con los estudios: finalmente no entré a la universidad, porque también decidí escucharme y elegir mis propios caminos. Me dediqué de manera autodidacta a la programación, entendiendo que no tenía que cumplir con un molde preestablecido para validar mi capacidad. Elegí lo que de verdad quería, lo que me hacía sentido, lo que me hacía sentir vivo.

Fue ahí cuando empecé a aprender y a usar herramientas concretas para combatir la depresión, no eran pociones mágicas, lo sabía, sino que prácticas que me permiten acompañarme y vivir por sobre existir el día a día. Primero: sentir mis emociones. Cuando aparece la pena, no la empujo; la dejo entrar, la dejo pasar por mi cuerpo y la dejo ir. Me permito llorar —llorar es un arma valiosa, una aunténtica—. Me siento en la cama o en una silla, llevo la atención a los sentidos y pienso: “está bien que esto pase por mí; pero también deben irse, como todo en el mundo”.

Otra herramienta práctica: rutinas pequeñas e inquebrantables. Si no tengo ganas de bañarme, me obligo a poner la toalla sobre la cama y abrir el agua; el ritual pequeño arrastra la inercia. Si el día es pesado, me pongo micro-metas: levantarme, tomar agua, preparar algo para comer, salir cinco minutos al balcón o asomarme a la ventana. Celebrar lo mínimo crea pequeñas señales de logro que, con el tiempo, suman.

Movimiento: no siempre se trata de forzar entrenamientos extremos —la Gran Fachada— sino de movimientos que me reconecten con el cuerpo sin exigirle nada. Un minuto de estiramiento, una caminata corta, o una sesión de electroestimulación cuando toca; todo suma. También uso la escritura: dos o tres minutos para vomitar lo que tengo en la cabeza sin estructura ni corrección. A veces lo quemo; otras lo guardo. La idea es vaciar la olla para que no hierva.

Conexión: pedir ayuda y decir lo que necesito con un trasfondo que solo conocen quienes de verdad necesito. Aprendí a poner límites con quienes no generan seguridad emocional y a acercarme a quienes me sostienen aunque sea con silencios.

Y obvio, mi medicina especial que guardo cuando necesito mandar todo a la mierda: mi playlist. La vastedad de Led Zepellin, la furia de Zakk Wylde, el soundtrack de Cyberpunk Edgerunners y finalmente la melancolía necesaria de Gibran Alcocer y Ludovico Einaudi.

Algo que me ayudó mucho fue aceptar que la solitud elegida es distinta de la soledad impuesta: la primera nutre, la segunda vacía. Si me doy cuenta de que estoy en soledad, busco (todavía con temor) el contacto aunque sea por texto; si quiero mi espacio, lo pido. No es debilidad ni manipulación; es inteligencia emocional.

No todas las mañanas serán buenas. No todas las semanas mejoran linealmente. Hay recaídas, días en que todo pesa, y eso no significa que he fracasado; significa que sigo vivo y que mi sistema está procesando. Cuando la oscuridad es muy intensa —si aparecen pensamientos intensos e intrusivos — ya sé cómo manejarlos.

Hoy puedo decir que combatir la depresión es un ejercicio cotidiano de honestidad conmigo mismo: dejar entrar lo que siento, nombrarlo, sentirlo con el cuerpo, dejarlo salir y volver a intentarlo al día siguiente. Me costó entender que no tenía que demostrar que soy capaz de todo para tapar las grietas de mis dificultades, solo aprender a acompañarme. Si algo te toca de lo que cuento, prueba una de las pequeñas herramientas que uso: deja que la emoción entre, pásala por tu cuerpo y déjala ir. Respira. Llora si tienes que llorar. Haz una micro-tarea y repítela mañana. Eso basta para empezar a cambiar.